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lunes, 18 de julio de 2011

Kanouté rinde homenaje a Juan Arza en Sanlúcar de Barrameda.




El Sevilla FC vence por 1-3 (dos goles de Kanouté y uno de Rodri) al Atlético Sanluqueño en el segundo partido de la pretemporada.

Un grande llamado Frederic Kanouté fue el encargado de rendirle homenaje a Juan Arza en el día en el que "el niño de oro" y "pichichi Sevillista" se marchó al tercer anillo de Nervión.

No podía ser de otra manera, tuvo que ser un grande el que le rindiera homenaje a otro grande.
No puedo, ni quiero, olvidarme del golazo de Rodri, que a buen seguro le habría encantado a nuestro Juan Arza.

Me vais a permitir que no hable hoy mucho del partido, tal vez sobre con decir que cada vez me gusta más Trochowski, que los que no tienen sitio en este equipo se están encargando poco a poco de demostrarlo... y que ni en Rota era para lanzar las campanas al vuelo ni ahora en Sanlúcar es la cosa como para rasgarse las vestiduras.
El equipo se ejercita cada día con doble sesión de trabajo y eso se nota en las piernas de los futbolistas.

Y no quiero hablar hoy mucho del partido porque no tiene sentido hablar de un entrenamiento con árbitro cuando una leyenda se nos marcha.


Para muchos Juan Arza ha sido el mejor futbolista de la historia del Sevilla FC.
Yo no le he visto jugar, pero tampoco me hizo falta para saber quien era y lo mucho que significó en mi equipo.

Repito, no lo vi jugar nunca, pero mis mayores me hablaron de sus goles, de sus jugadas con el balón, de su elegancia... y de su "caballito".

Sube al tercer anillo de Nervión un grande, un trocito de nuestra historia... una leyenda del Sevilla Fútbol Club.

Don Juan Arza, descanse en Paz.





ANTONIO GARCÍA BARBEITO
ABC de Sevilla.

¿Tú qué sabes, si tú no has visto jugar a Juanito Arza? La cogía, se regateaba hasta al del marcador, y se iba tan niño y tan chulo y se entretenía en contarle los nudos a la red… Y yo no lo vi, Juan, yo no lo vi. Tú fuiste siempre un relato en la voz de mis cercanos, un eterno en las jugadas eternas que relataban los hombres que alguna vez te vieron. Tú no estabas en aquellos primeros álbumes donde mi niñez soñó con ver todo el fútbol en el «Sánchez-Pizjuán». Yo no lo vi, Juan. Pepe Castro, nuestro querido vicepresidente, siempre que me ve me saluda con aquella frase del pregón del centenario del Sevilla: «Y yo no lo vi, no lo vi». No, no te vi, Juan. Tú estabas en las vitrinas de la gloria terrenal y deportiva y yo no alcanzaba a esas vitrinas.

Mi padre me hablaba de ti, de tus tardes gloriosas, como me hablaba de alguna noche mágica de Pepe Marchena. Y yo trataba de imaginarte mimando el balón por el interior derecho de la yerba, como quien enseña a andar a su primer hijo. Por eso, cuando alguien se ponía a hablar de fútbol alabando las excelencias de algún chaval que jugara bonito, la respuesta era siempre la misma: «Tú no viste jugar a Juanito Arza». No, no te vi, Juan, yo no lo vi, digo aquel milagro tuyo con el balón en los pies. Quizá por eso, cuando te conocí, te buscaba para sentirte cerca y hablarte de quienes me hablaban de ti. Ya no estaba vivo mi padre, para haber presumido ante él de conocer a Juanito Arza y de tener fotografías con él, como las tengo, o aquel abrazo en el Lope de Vega aquel octubre del centenario. Vimos juntos algunos partidos de fútbol, y tú, tan prudente, jamás reseñabas lo negativo. Una tarde de fútbol te pregunté: «¿Hay algún futbolista del Sevilla de ahora que pueda recordarme al diablo que fuiste en el césped, Juan?» Me costó trabajo sacarte un nombre, pero al final lo dijiste, bajito, como si fueras a ofender a alguien con decirlo: «Quizá… Jesús Navas».

Guardo un abrazo sevillista —todavía tú con las heridas frescas de una caída— impagable. Fue en el antepalco. Allí hablaba con Antonio Valero y Manolo Ruiz Sosa. Llegaste tú, te uniste al grupo, y en un momento abrí los brazos para abrazaros a los tres al mismo tiempo, y sentí, Juan, como si hubiese abrazado al más cálido y humano escudo del Sevilla. Se nos fue por la banda, camino del último vestuario, Manolo Ruiz Sosa, con la promesa de un arroz en Coria. Y ahora, ayer, te vas y enlutas el blancor creciente del sevillismo. Y yo no quiero verlo, querido Juan; no quiero saber que te has ido a decirle a Dios cómo se juega al fútbol.




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